Por: Lorena Malpartida Los festivales son hoy el motor económico de la industria musical. Marcas, patrocinadores, activaciones y transmisiones en vivo convierten estos eventos en máquinas millonarias. Sin embargo, el crecimiento acelerado no siempre va acompañado de innovación. La mayoría de lineups repite a los mismos headliners —Tame Impala, The 1975, Lana Del Rey, The Strokes, Kaytranada— como si existiera una plantilla universal. Esa repetición desgasta, agota y uniformiza. Los primeros festivales alternativos ofrecían lo que las plataformas no podían: descubrimiento. Hoy, muchos han perdido ese valor. El público asiste a experiencias predecibles donde lo espontáneo se reemplaza por activaciones de marca y espacios “instagrammeables”. Lo alternativo se convirtió en estética, no en propuesta. La experiencia del espectador se ha visto afectada por: sonido inconsistente, zonas VIP que fragmentan espacios, costos elevados, logística saturada, y, sobre todo, una sensación de “más de lo mismo”. La música termina quedando en segundo plano frente al espectáculo. Paradójicamente, son los festivales pequeños y medianos los que están recuperando la esencia: proximidad, riesgo artístico y verdadera comunidad. Festivales como Primavera Sound Porto, Best Kept Secret, Viva!, Clockenflap y decenas de eventos independientes están demostrando que la calidad curatorial puede ser más poderosa que el tamaño. ¿Estamos ante una burbuja? La respuesta es sí, pero la explosión no será repentina. Lo que veremos es una fragmentación del mercado: los gigantes seguirán existiendo, pero su relevancia disminuirá, mientras que los festivales alternativos ganarán prestigio y público fiel. El futuro del live music dependerá de retornar a lo básico: buena curaduría, sonido impecable y experiencias humanas, no comerciales. La música merece volver a ser el centro del espectáculo.